lunes, septiembre 02, 2013

UB: al galope de la transformación

 Una vista de Ulán Bator desde el monumento soviético en el extremo norte de la ciudad

Un gran cartel publicitario anuncia el último modelo de SUV de Toyota. Junto a la imagen del elegante 4x4 negro, un Mongol vestido de forma tradicional, sentado con una rodilla arriba contempla una estepa donde corren caballos. La imagen es tan elocuente -y real- para describir los procesos que atraviesa Mongolia que ni siquiera es una metáfora.

Tras el cartel publicitario una construcción se empina hacia el cielo de Ulán Bator [O Ulaanbaatar, si transcribiéramos del alfabeto cirílico el nombre que en mongol significa “héroe rojo”, homenajeando a Damdin Sükhbaatar, quien lideró la resistencia a la invasión China a comienzos de los años veinte ayudado por el ejército rojo]. No es la única, por cierto. El boom minero de yacimientos de cobre, plata y oro que prometen ser más de un tercio del PIB, parece haber repercutido en la construcción constante y la presencia permanente de grúas en las alturas.

  
Esos nuevos edificios, residenciales o de oficinas, van haciendo un disonante contraste con los desgastados blocks soviéticos de mediados del siglo pasado. Algunas construcciones no se detienen ni siquiera los domingos y en el hostal donde me estoy quedando, pasadas las diez de la noche un grupo de obreros sigue trabajando en la ampliación del viejo edificio. Sin casco ni arnés, tratan de instalar una viga de concreto hasta que a uno le golpea directo en la cabeza. No parece ser grave, aunque debe agacharse y afirmarse un rato. Es parte de la precariedad detrás del boom.

A riesgo de caer en el cliché, es difícil tratar de expresar las impresiones que produce Mongolia, en particular su capital, sin recurrir a los contrastes. Contrastes que más parecen contradicciones, cuyas resoluciones suelen ir en contra de la tradición. 



Los mongoles son un pueblo en el cual el nomadismo es parte integral de su historia e identidad. En los distintos paisajes rurales, las viviendas que dominan  son las ger (carpas blancas circulares con techo en punta, llamadas también “yurtas” por los occidentales). Sin embargo, pese a que una ger es la expresión misma del nomadismo, todavía es posible encontrarlas en la periferia de la capital. En un pub, un joven de 21 años educado en Shanghai, me cuenta que en los extremos norte, este y oeste de la ciudad se han instalado grandes campamentos de ger. Nómades han migrado hacia la ciudad -donde vive casi la mitad de la población de Mongolia- en busca de la prosperidad prometida. Pero esa riqueza, me asegura, no chorrea todavía. Cuando llega el durísimo invierno mongol, queman lo que encuentran para poder calefaccionar las ger, generando un paradójico problema de contaminación del nomadismo en la ciudad.

El desplazamiento de las formas tradicionales (modernización para algunos) no es exclusivo de la urbe. En el país menos densamente poblado del mundo, las estepas, montañas y el desierto se extienden casi infinitamente. En todos estos paisajes es posible ver, de tanto en tanto, familias nómades. Pastorean cabras, ovejas, vacas, yaks, caballos y camellos; según lo que corresponda. Pero el pastoreo sobre un caballo, imagen que vende en las postales, está siendo reemplazado por las motos chinas. Cada vez es más frecuente la imagen de hombres (desde niños que ya alcanzan los pedales, hasta viejos cuya edad es imposible determinar) arreando los animales con los bocinazos de motos que, aunque pensadas para las calles, bien soportan el rigor de la estepa, desierto y montaña.


De vuelta en Ulaanbaatar (o “UB”, como le gusta abreviarlo a los más jóvenes), la nueva riqueza que promete la minería deja ver más contradicciones. Los ostentosos Hummers, Land Rovers, BMW, Mercedes Benz, e incluso un Lamborghini, comparten el infernal tráfico urbano con los jeep y furgones soviéticos que parecen hechos con el rigor necesario para recorrer sin problemas todo Mongolia. Es Naadam, la fiesta nacional donde carreras de caballo y competencias de lucha y tiro al arco vuelcan al país entero a sus tradiciones centenarias. El embotellamiento que parece no avanzar para llegar al estadio del evento,  es sobrepasado por un jinete que hace galopar su caballo metiéndose en sentido contrario, donde casi no hay autos. 
A veces, es la tradición la que triunfa.

Por Favor, reAcciones


P.S.1: Este texto fue publicado -con ligeros cambios- en la revista AméricaEconomía de Septiembre 2013, edición 427 y fue escrito en Ulán Bator, Mongolia. Les pido mis disculpas por la cantidad de meses que he tenido botado este espacio, así como agradezco que estén leyendo esto ahora. Tengo varias columnas a medio terminar. A penas pase el exigido momento en el que llevo mucho tiempo ya, las iré publicando. Gracias.

P.S.2: Las fotos -no muy buenas, lo sé- son de su servidor. Si quiere verlas más grandes, hágales click encima.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y?

La sagrada sepultura ...

¿Cuándo?



Juan Emar dijo...

Estimado/a anónimo/a:

Creo que aunque me demore meses en terminar una columna (tengo varias a medio camino) para publicarla aquí, me es imposible cerrar este espacio.

Sé que contravengo las expectativas de regularidad que normalmente se tienen de los blogs, pero como siempre esto ha sido un espacio de "desahogo" (por decirlo de una manera), necesito que siga existiendo.

Tal vez es bastante egoísta de mi parte. Mis disculpas si así lo considera.
Pero es una catalepsia, no una muerte.

Saludos

notinotas dijo...

La minerîa lo unico que trae es contaminacion ...